El poder invisible de los "secretitos"

Parecen pequeños. Inofensivos.

Un susurro al oído. Una risa contenida. Dos miradas cómplices.

Y, sin embargo, dejan huella.

El otro día tuvimos que parar la clase por algo que, a simple vista, podría parecer irrelevante: los "secretitos". Tres niñas alternaban el mismo patrón. Dos se susurraban algo. La tercera quedaba fuera. Al rato cambiaban los roles. Pero el resultado era siempre el mismo: la que quedaba fuera se sentía mal.

Cuando les preguntaba, todas repetían el mismo argumento:

—No tiene nada que ver con ella.
—Solo queríamos contar algo.
—No era nada malo.

Y es cierto. La narrativa no era dañina. El contenido no era ofensivo. El problema no estaba en lo que se decía. Estaba en lo que se generaba.

Así que decidí llevar la conversación a otro lugar. No al plano psicológico complejo. No al discurso moral. Sino al cuerpo.

—Fijaos en algo —les dije—. Aunque expliquéis mil veces que no tiene nada que ver con la otra persona, cuando sois la que queda fuera… siempre os sentís mal. Siempre.

Asintieron.

Ahí está la verdad. La experiencia corporal no miente. El residuo emocional se queda, aunque la razón lo intente justificar.

Entonces fuimos más profundo.

Les expliqué algo que comprendieron mejor de lo que muchos adultos lo harían: cuando dos personas hacen un secreto delante de una tercera, no es culpa de nadie. Pero nuestra parte más primitiva —la parte animal— siente que quien susurra tiene algo que el otro no tiene. Y eso genera una sensación momentánea de poder. Un "yo sé algo que tú no sabes".

Y cuando ganas poder así, alguien lo pierde.

Por eso duele.

Por eso baja la energía.

Por eso se resiente la autoestima.

No porque sean malas.

Sino porque el ser humano funciona así.

Les hice una pregunta sencilla:

—¿Queréis relaciones donde domináis teniendo poder sobre la otra persona, o relaciones donde todas tengáis el mismo valor?

La respuesta fue inmediata.

—No queremos hacer más secretitos.

Durante dos días habían estado incómodas por ese mismo patrón, repitiéndolo sin saber por qué. Y en ese momento lo entendieron. No desde la culpa. Desde la conciencia.

Una incluso propuso en voz alta:

—Entonces lo que tengamos que decir, lo decimos a la cara.

Ese fue el verdadero aprendizaje.

No se trataba de prohibir por prohibir. Se trataba de comprender el impacto invisible de los pequeños actos cotidianos. De entender que el poder mal gestionado, aunque sea en formato susurro infantil, erosiona el vínculo.

A veces creemos que educar es explicar lo que está bien y lo que está mal.

Pero educar, en realidad, es ayudar a mirar lo que ocurre por debajo.

Y cuando niñas de seis años entienden cómo funciona el poder, la energía y la autoestima en un grupo… sabemos que estamos sembrando algo mucho más grande que una norma de clase.


Eso también es Teaching Soul.

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