Días más tarde, la misma niña de la que hablé en el relato anterior volvió a vivir un conflicto. Esta vez no fue con una compañera dócil, sino con otra niña también claramente alfa, aunque muy distinta en su forma de estar en el mundo.
La primera mostraba un lenguaje no verbal duro, impetuoso, casi agresivo. Independiente, fuerte, con enormes dificultades para mostrar vulnerabilidad. La segunda, igualmente fuerte e independiente, pero con una tendencia mucho mayor al contacto, a la expresión emocional abierta, al llanto y al dolor visible. Dos fuerzas similares, dos maneras opuestas de gestionar la emoción.
Tras el recreo, como es habitual, dedicamos un tiempo a la meditación y al espacio de palabra para compartir conflictos. Fue entonces cuando la primera niña expresó, delante de toda la clase, que tras el enfrentamiento se había quedado sola llorando en el baño, mientras el resto de compañeras acudían a consolar a la otra. Lo dijo con un tono de denuncia, de injusticia.
Las compañeras respondieron algo clave: explicaron que sí se habían ofrecido a acompañarla, pero que ella las había rechazado, pidiéndoles que la dejaran en paz y reafirmándose en su soledad.
Ahí ocurrió algo profundamente educativo.
Con acompañamiento, la niña fue capaz de poner palabras a algo que nunca había expresado: ese es su modo de mostrar el dolor. Retirarse, endurecerse, rechazar. Pero, en realidad, lo que necesita es justo lo contrario: compañía.
Tomé entonces mi rol de facilitador y verbalicé algo esencial para todo el grupo. Le expliqué que, por su aprendizaje temprano, mostrar vulnerabilidad había sido para ella un gesto de debilidad y riesgo. Que llorar no era una opción segura, y que su mecanismo había sido volverse más dura, más agresiva, más independiente. Pero que ese era un entrenamiento que ahora estábamos revisando juntos, para que pudiera acercarse a las demás sin miedo.
Ella lo escuchó, lo sintió y asumió su responsabilidad.
Después, me dirigí al grupo. Les propuse algo igual de importante: ahora que conocían esa tendencia, su responsabilidad era aprender a leer esas “caras duras”, esa aparente autosuficiencia, no como rechazo, sino como un reclamo de ayuda y cariño.
En ese instante, el cuerpo de la niña cambió. Los hombros descendieron, el rostro se suavizó, el estado de alerta desapareció. Por primera vez, se permitió confiar. Se sintió segura.
Y entonces ocurrió algo que no había pedido ni esperado.
De manera voluntaria, compartió con la clase su diario emocional, un trabajo personal que realiza conmigo. Les dijo:
—Mirad cómo trabajo yo mis emociones para dejar de ser tan dura y poder abrirme más.
Fue un gesto inmenso. Auténtico. Valiente.
El nivel de comunicación que se generó en ese espacio fue extraordinario. No solo para ella, sino para todo el grupo. Se creó un lugar donde mostrarse vulnerable no implicaba peligro, donde la percepción del otro era una posibilidad válida y donde no siempre había que creer el primer pensamiento que aparece, especialmente cuando está condicionado por la infancia.
Y cuando parecía que ya nada podía superar ese momento, una tercera niña, del grupo que había acompañado el conflicto, propuso algo más:
—¿Por qué no hacemos un juego, un teatro, para que pueda entrenar cómo pedir ayuda en momentos así?
Ahí entendí, una vez más, que esto no va solo de resolver conflictos. Va de aprender a ser humanos, juntos, desde muy pequeños.
Eso también es Teaching Soul.