La cuestión de si los niños y niñas deben ir a la escuela "educados de casa" ha derivado en un debate muy usual durante los últimos años. Sin embargo, los datos nos ofrecen una respuesta clara: la escuela se ha convertido en el espacio educativo más relevante en la vida de nuestros menores.
Los datos hablan por sí solos
Según el informe anual de la OCDE Education at a Glance 2025, los niños y niñas de 0 a 11 años pasan una media de 7 horas diarias en el centro escolar, frente a apenas 3,5 horas (no necesariamente de calidad) con sus padres y madres.
Esta realidad nos obliga a replantearnos la pregunta original: ¿cómo llegará un menor a la escuela bien educado y emocionalmente equilibrado cuando la familia cuenta con apenas 3,5 horas diarias para acompañar su desarrollo?
La escuela como nuevo referente educativo
Los profesores y profesoras se han convertido, de facto, en los referentes educativos más estables de muchos menores españoles. Esta no es una crítica, sino una realidad que obliga a los profesionales de la educación a ampliar significativamente su rol.
El contexto actual
Las exigencias laborales, los horarios imposibles, las custodias compartidas, las dificultades económicas y la tensión social generan un escenario donde muchos menores crecen sin un vínculo estable y seguro con su figura principal de apego. Como señala la psicóloga Erika Komisar, el estilo parental moderno conduce a estados hipervigilantes de estrés en los menores, derivando en disfunciones emocionales y psicológicas.
Los datos lo confirman: aumento de conductas disruptivas, diagnósticos de TDAH, dificultades de atención y un clima cada vez más tenso en las aulas.
El grito silencioso de las familias
Las actitudes de padres y madres que los docentes perciben como hostiles o desafiantes —exigencias imposibles, sobreprotección, denuncias— muchas veces no representan un ataque real al profesorado. Detrás hay un grito de auxilio y desesperación, un clamor de incertidumbre, miedo y dolor en busca de ayuda y orientación. Familias exhaustas que esperan que la escuela compense aquello que ellos no pueden ofrecer: tiempo de calidad, protección, atención y amor.
Un reto inaudito para los educadores
Los profesionales de la educación se encuentran ante un punto de inflexión generacional. Se espera menos de sus habilidades pedagógicas tradicionales y más de sus fundamentos humanos: educar desde el corazón, desde la escucha y desde la empatía.
En una era donde gran parte de la población sobrevive emocionalmente y las decisiones se toman desde el miedo, los educadores tienen la responsabilidad de ser faros de estabilidad, coherencia y desarrollo humano consciente.
Conclusión
La pregunta no debería ser si los niños deben "venir educados de casa". La pregunta debería ser: ¿cómo podemos, como sistemas educativos, familias y sociedad, garantizar que cada menor tenga los referentes, el acompañamiento y la estabilidad emocional que necesita para construir una personalidad sólida?
Y esa respuesta pasa, inevitablemente, por transformar los espacios educativos en lugares donde el desarrollo humano integral sea tan importante como cualquier contenido académico.
Bernard Bossous
Psicopedagogo experto en desarrollo de la personalidad del menor